Bernardo Grinspun – In Memoriam – 1996 – 11 de Octubre – 2011


 

 

La Evocación de un espíritu inquieto
La convicción de un Ideario
La dignidad de una Lucha
La ejemplaridad de un Testimonio

Bernardo Grinspun entendía que la ciencia económica debía estar al servicio de la política económica; que ésta no era más que una extensión de la acción política; que la praxis política era la forma de gestión ejecutiva concreta del Discurso -y la Palabra, su instrumento-; que el Discurso era la construcción indisoluble, inescindible de la doctrina; y ésta, la formulación principista de las convicciones y la propia ideología. Finalmente, la ideología no era para él otra entidad que el ámbito propio, identificado, perteneciente de realización individual y colectiva: la expresión funcional de la utopía.

Su filosofía fue la de la búsqueda permanente (e inalcanzable) de la utopía misma, del bien trascendente, del objetivo final del bienestar general, de un ideal armónico, humanista y universal. Fue discípula emocionada de sus Maestros y referentes, pero autosuficiente en su accionar. Inspirada en un optimismo esencial de una “Argentina soñada” e inmigrante, incorporaba las cuestiones económicas y sociales a la formulación genérica liberal de la democracia política, propia de la tradición krausista y la filosofía ética yrigoyeniana: una República plena, de trabajadores de todas clases y condiciones, y de emprendedores con vocación de compromiso con el desarrollo productivo nacional, donde el poder no fuera corporativo, sino ciudadano.

Conformó una estructuración de paradigmas valorativos que le fueron constitutivos de su condición: su curiosidad por el conocimiento como búsqueda de las fuentes originarias de la fuerza de la verdad trascendente; la fortaleza de la convicción y la intransigencia principistas; la elocuencia de la abstención y del renunciamiento; la futilidad de las candidaturas, de los cargos y de los honores; la coherencia histórica; la consistencia entre el discurso político y la acción personal, esto es, entre la palabra declamada y los hechos propios concretos. Nunca se sintió elegido: no era aquélla una vocación pretenciosa o ejemplarizante, sino austera y auto-convocante.

Su ideario político fue libertario y referenciado por la “revolución democrática” de Arturo Illia: denunciante de los abusos totalitarios, defensor de las libertades individuales y sostenedor de una ética irrestricta de la pluralidad democrática, del respeto por las minorías y la libertad de conciencia, se fundamentó en la afirmación republicana como basamento de la construcción de la nación, en la reivindicación de la condición ciudadana como constructora de la voluntad soberana, en la lucha permanente por la dignidad y el combate acérrimo contra la pobreza y la injusticia, y en la defensa a ultranza del mandato popular.

Su concepción económica fue igualitaria y adoctrinada en la “democracia económica” de la Intransigencia Radical y en el estructuralismo cepalino de Raúl Prebisch: elaboradora crítica de las causales estructurales del subdesarrollo y comprometida con el desafío de encontrar formas racionales de apropiación y uso social del excedente económico a través de la planificación que fuesen superadoras de las antinomias entre distribucionismo y estabilidad, se consustanciaba con la idea de que la distribución del ingreso es un requisito y no un efecto para el desarrollo económico.

Su compromiso social fue progresista y discípulo de la “revolución silenciosa y fecunda” del legado de Crisólogo Larralde: revalorizador de la función social del salario, propulsor de la organización gremial única y democrática, reivindicador de los derechos cívicos y las responsabilidades republicanas del trabajador; y del valor trascendente del progreso laboral como instrumento emancipador y de ascenso social.

Su visión internacional, enfocada a la problemáticas de la integración, el comercio y el endeudamiento, fue continentalista e integradora al concierto de naciones desde su pertenencia latinoamericanista y regional. Y, así, desde su óptica periférica a los centros del poder mundial, fue soberana, auto-determinista y antimperialista.

Pero su compromiso fue, esencialmente además, el de un hacedor, un ejecutor, el de un constructor político. Entendía la acción militante como una vocación de servicio, como la expansión concretable del compromiso moral con su ideario; un imaginario constructor de lo colectivo y de lo social desde la extensión de la responsabilidad individual, llevado, con abnegación, al activismo del discurso, la acción política y la gestión pública. Es decir, una apertura de tiempo y lugar para corporizar sus convicciones más íntimas y temperamentales en la materialidad de los actos propios, de los cuales tener luego que rendir cuentas; una voluntad romántica y a la vez racionalmente conducida y puesta en acción concreta, de la denuncia, de la elaboración crítica y de la propuesta, a lo largo de su enjundiosa historia personal de luchas políticas y de su prolífica foja de servicios públicos. Fue el suyo un compromiso de optimismo racionalizado, un cartesianismo instrumental, funcional a sus argumentos políticos; un positivismo naturalmente emergente de su lógica contundente, destinado a modificar el estado de cosas establecidas y a trascender el conformismo y el conservadurismo.
Y su búsqueda fue siempre fértil: lo estimulante y movilizador de su accionar fue rechazar la resignación y el letargo inercial, sosteniendo oposiciones y discerniendo conflictos, para finalmente resolver contradicciones y encontrar el sendero superador puesto al servicio material y espiritual del interés general.

En estos tiempos de abusos de mayorías y de necesidad de reparación republicana, el restablecimiento de la paz social, la refundación del federalismo nacional, la reformulación de una visión estratégica como Nación y la recuperación de nuestro futuro individual y colectivo.

En estos tiempos de responsabilidad histórica en que estamos llamados a servir a la consolidación democrática que transite de la democracia normativa a la democracia social y económica, asegurando una lucha efectiva contra la pobreza y la desigualdad, incrementando la participación funcional del trabajo en el ingreso nacional, recuperando la soberanía de decisión sobre nuestros recursos estratégicos y sobre nuestra organización económica, y sentando las bases para un desarrollo económico inclusivo y sustentable.

En estos tiempos que reclaman la asunción plena y cabal del compromiso militante de la Hora, con constricción al esfuerzo y pasión republicana, para combatir la frustración en la acción desatendida y en la prédica desoída, para ratificar la potencia orientadora del pensamiento y de la propia identidad política, para contribuir al necesario proceso de reafirmación de la pertenencia y de renovación permanente de los estamentos orgánicos partidarios y de nuevos cuadros generacionales a sus ámbitos de participación directa.

Y en oportunidad de cumplirse, en este 11 de octubre, el 15° aniversario del fallecimiento de Bernardo Grinspun, convocamos a conmemorar su Lucha y su Ideario, como una forma de confirmación identitaria de nuestra conciencia cívica y ciudadana, de impulso estimulante y movilizador a nuestra búsqueda política de una consolidada identidad de pertenencia, de inspiración convocante al optimismo racionalizado y funcional a nuestros argumentos políticos destinado a sostener oposiciones y discernir los conflictos del debate político y con el fin instrumental de modificar el estado de cosas establecidas; y para, finalmente, repensarnos, en la referencia de nuestra condición paradigmática, y tratar de encontrar un sendero superador puesto al servicio material y espiritual del interés general como desafío refundacional, en estos tiempos, de nuestra condición como Nación.

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